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Calle Mayor |
Además de constituir un relevante foco comercial, fue el lugar de residencia de diferentes familias nobiliarias durante el siglo XVII. Aún se conservan los palacios del marqués de Camarasa, de los Consejos y del duque de Abrantes, este último con profundas transformaciones en relación con su aspecto original, fruto de las dos remodelaciones llevadas a cabo en el siglo XIX, en las cuales se cambió su fachada principal y se demolieron sus dos torres laterales, de inspiración herreriana. Entre los palacios desaparecidos, figura el del conde de Oñate.
No toda
la extensión de esta calle fue siempre, sin embargo, llamada Mayor: nombre que en
algún tiempo apenas si llegaba al trozo entre la Puerta del Sol y la plazuela de
la Caza. Juntas estaban entre los
soportales de las calles que van a la Plaza Mayor y la Casa de
la Villa, lo que se llamaba Platerías y Puerta de Guadalajara, emporio y centro
del comercio y del paseo de las galas cortesanas en el siglo XVII, donde los poderosos
ruaban en coche, y los lindos y ociosos, pícaros y busconas, se aglomeraban en aquella
suerte de diario certamen de los lujos y las lacerias de la corte. Y la parte final de la calle, a partir de
San Salvador, denominábase de la Almudena, por la iglesia de Santa María, primera
y más antigua de la villa.
Tenía
el comercio de la villa designados los lugares para sus tiendas, y así en la calle
Mayor ocupaban los joyeros la acera desde San Felipe hasta la calle de la Amargura;
los pañeros en la de enfrente, desde la casa de Oñate hasta la calle de Coloreros;
los sederos, entre Bordadores y la plazuela de la Caza; los manguiteros, entre la
primera de esas calles y la de Coloreros,
y enfrente de éstos, los soportales
de los roperos, que también se llamaron de Pretineros y de San Isidro.
Comenzaba la calle con un edificio suntuoso, famoso en los anales madrileños, como era el convento de San Felipe el Real, que se hallaba donde ahora la casa llamada de Cordero, que tiene el bazar de la Unión, el café de Lisboa y la Central de Teléfonos, y en la que hubo unos famosos baños públicos. Edificó esta casa, conocida también por la del Maragato, D. Santiago Alonso Cordero, bajo los diseños y dirección del arquitecto de la Academia de San Fernando, J. Pescador.
El convento
y la iglesia, que tenía su fachada
a la calle de Esparteros, eran de magnífica traza, y sobre todo de un gran valor
arquitectónico el claustro, obra de Andrés de Nantes, corregida por Antonio de Mora,
comenzada el año 1600. En el centro
de este patio había, cuando fue derribado el convento, una fuente con un cisne de
plomo, que trasladado al entonces reciente paseo de la Castellana, dio nombre al
paseo que desde Chamberí desemboca
frente a ella. Esta fuente del Cisne se halla actualmente en los jardincillos de
la plaza de Santa Ana, frente al teatro Español.
De los religiosos que vivieron en esta casa, debe hacerse particular mención del padre Flores, autor de la «España Sagrada», y cuyo valioso monetario fue arrojado a la calle por los franceses que se apoderaron
del convento, haciéndole cuartel, y caballeriza
su iglesia. Pero lo más famoso de
San Felipe el Real eran sus
covachuelas, en que se vendían disciplinas y cilicios, yesca y piedras de escopeta, juguetes y fruslerías. Y, sobre todo,
lo que mayor fama daba al lugar era la lonja que sobre las covachuelas había. El
«mentidero», cuyo recuerdo quedó en la historia de nuestras letras, junto al nombre
de los más altos ingenios.
En la acera de enfrente, la casa de la calle Mayor que había esquina
a la Puerta del Sol, era también de comunidad, aunque de distinto linaje. Célebre
era la mancebía de las Soleras, de
la cual queda memoria en romances quevedescos y, pasado el callejón de la Duda, comenzaba
el espléndido palacio de Oñate, hace pocos años derribado, y sobre
cuyo solar construye actualmente su
edificio el Banco de Madrid. En aquel lugar, vivía el conde de Villamediana, D. Juan de Tassis, que tanto por la memoria de su satírico ingenio es célebre
por su muerte misteriosa, acaecida delante de la calle de Coloreros el domingo 21 de agosto de 1622, yendo
en su coche acompañado de D. Luis de Haro, hijo del marqués de Carpio. Altos poetas comentaron en sus versos aquella muerte, final de una tragedia amatoria en la que
iba envuelto el nombre de Francelisa, la reina Isabel, esposa del
reciente monarca Felipe IV.
En la
casa de Oñate, ese hermoso palacio
cuya portada barroca ha podido felizmente
conservarse, y permanece en los almacenes de la Villa esperando
la ocasión de un apropiado emplazamiento,
hallábase el primer buzón para recoger la
correspondencia por ser el conde de aquel título correo mayor de Castilla. Frente a esta casa era
donde los pintores acostumbraban a exhibir sus cuadros al paso de la procesión del
Corpus, y donde Murillo dio a conocer su Concepción, en una de esas fiestas, hallándose
en el balcón principal del palacio de Oñate la reina gentil y desgraciada, María Luisa de Orleans.
En los
soportales de la izquierda de la calle Mayor, en el número 35, donde había unos
baños que se llamaban de San Isidro, existía el recuerdo del pozo de doña Nufla
o santa Nufla, abierto por el santo en lo que entonces era finca de campo, propiedad
de aquella dama, así como realizó otro trabajo análogo en la casa del Bordador,
allí cercana. La calle de San Felipe Neri, vía en la que se transformó
el pasaje de ese nombre, lo recibe
en memoria del oratorio así llamado, al que dio principio en el año 1600 en la plaza
del Ángel el padre D. Diego Liñán, y en 1769 el rey concedió a los filipenses la
iglesia de San Francisco de Borja, casa profesa de los Padres de la Compañía de
Jesús, que se hallaba entre la calle Mayor y la plazuela de Herradores, con la condición
de que mantuvieran el nombre de ese santo como titular de la iglesia, conservando
en el altar mayor su cuerpo y cediendo la casa que tenían para demolerla, ensanchando
la plaza en que se alzaba.
La parroquia
de San Salvador, una de las más antiguas de Madrid, estaba frente a la plazuelade la Villa, quien celebraba encima de su pórtico las sesiones de su Concejo y tenía
por atalaya propia la torre de este templo, cuyas campanas y reloj le pertenecían
también. En 1640, la Congregación de San Eloy, de los Plateros, compró el altar
mayor, sacristía y bóveda, que renovó, colocando en el retablo una imagen del santo
obispo, obra de Juan Pascual de Mena.
En el Salvador tenían su sepulcro, entre otros personajes ilustres, D. Pedro Calderón
de la Barca, cuyos huesos, después de accidentada peregrinación, se hallan actualmente
en la nueva iglesia de San Pedro de los Naturales, al final de la calle Ancha, y
el conde de Campomanes, de quien los restos, perfectamente conservados, yacen en
un nicho del patio de San Andrés, en el primitivo cementerio de San Isidro.
Más
allá, donde se abrió luego la calle de Calderón de la Barca, estaba el monasterio
de la Salutación de Nuestra Señora, que se llamaba de Constantinopla, por la imagen
imitada en lienzo, había en el altar mayor y, procedente de la capital de Turquía,
trajo de Nápoles doña Jerónima de Luján, que vino a profesar en este monasterio
cuan- do todavía se hallaba en el pueblo de Rejas, donde le fundaron en 1479 el
comendador y trece de la Orden de Santiago, Pedro Zapata, y su mujer, doña Catalina
Manuel de Lando, abriéndose la iglesia de Madrid el día 9 de noviembre de 1628.
Y a
lo último de la calle, formando manzana entre ella y la calle del Camarín de Santa
María, donde vivía la princesa de Éboli y mataron a Escobedo, estaba la parroquia
más antigua de Madrid, Santa María la Mayor,
edificada sobre la mezquita, y en la que, a más de la tradicional imagen
de la Almudena, venerábase la de la Flor de Lis, que supónese pintada en tiempo
de Alfonso VI, y oculta tras el retablo hasta 1623. Carlos V, primero,
y Felipe III, después, quisieron hacer a Madrid obispado y a esta iglesia su catedral,
cosa que no se logró, como tampoco hacer colegiata de este templo. En 1649 concluyó
la obra empezada nueve años antes, metiendo cimientos a la Capilla Mayor, haciendo
nuevo retablo, labrando bóveda y camarín nuevo para la Virgen; pero en 1777 fue
sacada de allí la imagen de la Almudena, porque el templo amenazaba ruina. En el
atrio de esta iglesia cuando las fiestas de Santa Ana, Patrona y abogada de la villa,
bailaban las gitanas, y allí danzaba la Preciosilla cervantina.
Varias
casa de próceres linajes había en la calle
Mayor, pero de ellas sólo nos interesa el
recuerdo de la de D. Juan
de Acuña, donde fue preso el duque de Osuna, y luego convertida en la actual del
Ayuntamiento, de la que ya hemos
hablado en estas columnas, en la serie de las casas viejas de la villa, y de la
que en esta ocasión, por su fachada a la calle Mayor, sólo debemos hacer referencia al atrevido balcón de las columnas, obra de
Villanueva. Al lado se halla el antiguo palacio
de los marqueses de Camarasa, convertido en oficinas del Gobierno civil, y, finalmente, el palacio de Uceda, luego
llamado de los Consejos, y del que en los artículos antes aludidos dejamos hecha
su detallada historia.
Dos
casas nos interesan extraordinariamente. La del número 50, en la que una lápida casi invisible hace saber que allí
nació Lope de Vega Carpio el 25 de noviembre de 1562, y la del número 75, estrecha,
de un solo balcón en la fachada, y donde otro mármol, con letras de oro, recuerda que allí vivió D. Pedro Calderón de la Barca y murió el 25 de mayo de 1681.
Donde
se halla la casa que vuelve a la calle del Sacramento estaba aquélla donde, el año
1835, fue depositada la Monja de
las Llagas, sor Patrocinio, cuando
fue sacada del convento. Y en el
número 88 se halla la casa llamada
de la bomba, por la caja explosiva
que recubierta de flores arrojó desde ella Mateo Morral al paso de la carroza regia
el 31 de mayo de 1906, día de la
boda de Alfonso XIII con la princesa
Victoria Eugenia. El atentado tuvo muy tristes consecuencias, entre ellas la erección de un monumento de bastante
mal gusto sobre la fuentecilla del Sacramento.
La historia
de la calle Mayor va unida a la de Madrid durante cuatro siglos. No hay acontecimiento, entrada de reyes y de reinas, visitas de príncipes
extranjeros, procesiones, inquisitorias,
paso de reos para ser ajusticiados y algarada o pronunciamiento en las revueltas
del siglo XIX, que no haya tenido como escenario esta calle. Que vio a validos y a héroes encumbrados y caídos, que vio a
don Rodrigo Calderón poderoso en su carroza y cruzando en una mula camino del suplicio, y a Riego triunfante y luego sobre el fango pisoteado su retrato
por los soldados de don Pablo Morillo.
Hoy, prolongada hacia la Cuesta de la Vega, abre donde eran las casas de Malpica el paso al Viaducto, y tiene ya por ella su entrada la cripta de la Almudena, nuevo templo parroquial de Santa María, y sobre el cual, según el proyecto del marqués de Cubas, existe la amenaza de una catedral gótica, estilo arquitectónico que rimará inarmónicamente con la elegante y graciosa traza del Palacio Real.
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