Dice Pedro de Répide:
Esta es la antigua plaza de San Juan, más el solar de la antigua
iglesia parroquial de aquel santo. Formóse con los derribos de la época de José
Bonaparte, y el nombre de Ramales, que actualmente lleva, es un recuerdo
del combate que en ese pueblo de
la provincia de Santander, libró Espartero contra las tropas de D. Carlos, a fines
de la guerra civil de los siete años.
La importancia excepcional de aquella iglesia, una de las primitivas
de la villa, requiere que no se pase adelante sin haber tratado de templo tan venerable. Era de tiempo tan remoto su edificio, que manifestaba
ser construido en tiempo de los emperadores romanos, y encima de la puerta principal
tenía tres piedras redondas; en la de en medio, esculpida una cruz; en la de la
izquierda, un cordero, con su bandera, emblema del Bautista, y en la de la derecha, la cifra del nombre de Cristo
en letras griegas, que usó Constantino en su estandarte imperial, señal de haber sido iglesia de católicos y no de
arrianos.
Consagróse el año 1254 por fray Roberto, obispo Silvense, previa
licencia de D. Sancho, electo arzobispo de Toledo, como constaba en un documento
escrito en pergamino y redactado en lengua latina, con data en Madrid, a 7 de junio
de aquél, y en la inscripción latina también que había a la parte del Evangelio.
La dedicación del templo era a los santos Juanes, Bautista y Evangelista, cuyas
imágenes estaban en el altar mayor, donde luego fue puesta una imagen de la Virgen
de Gracia y del Socorro. Y en una capilla alta había otra efigie antiquísima de
la Madre de Cristo, que estaba en el lugar del Campillo, junto a El Escorial, el
cual despobló don Felipe II, por incorporar sus términos a aquel real sitio, y la
dio el mismo rey a Pedro Peruo, su tapicero mayor, quien la dio a esta iglesia y
puso en ese altar.
El año 1606 se agregó a esta parroquia la de San Gil el Real,
y hasta 1639 fue la de San Juan parroquia de Palacio. En ella fue bautizada la infanta
doña Margarita de Austria, hija de los reyes D. Felipe IV y doña Isabel de Borbón,
el año 1624. Allí tenían sus capillas y enterramientos varios linajes nobles
de Madrid, como los de Antonio Arias Dávila, los Herreras, Solises y Lujanes. Pero, sobre todo, es de recordar y de lamentar que se perdieran los restos del gran pintor D. Diego Velázquez,
que en San Juan fue enterrado.

La Batalla de Ramales fue una de la Primera Guerra Carlista
sucedida entre los días 17 de abril y 12 de mayo de 1839 en la localidad
cántabra de Ramales de la Victoria (llamada así por esta batalla), el río Asón
y sus alrededores y que enfrentó a las fuerzas liberales mandadas por
Espartero, con las carlistas, a cuyo frente se encontraba el general Rafael
Maroto.
Las fuerzas liberales, que inicialmente duplicaban a las de
los carlistas, llegaron a cuadruplicarlas al mantener Maroto en reserva, sin
llegar a emplearlos, a 8 de sus 17 batallones; esto y el hecho de haber
ordenado capitular a los defensores del fuerte de Guardamino, que defendía el
comandante carlista Carreras, antes de haber sido atacados y cuando se
encontraban física y moralmente dispuestos a defenderse hasta el último
extremo, hizo que el general carlista fuera acusado de complicidad con
Espartero. Su conducta posterior hace que hoy se pueda asegurar que así fue.
Los carlistas se asentaban en Ramales y Guardamino y
colocaron un cañón, "El abuelo", dominando la carretera desde una
cueva, lo que impedía el paso de la tropa. Espartero encomendó al general
Leopoldo O'Donnell el ataque de las fuerzas guarecidas en las alturas del Mazo
y al general Ramón Castañeda el ataque contra los carlistas que dominaban la
Peña del Moro. Ramales fue batido por la artillería de los isabelinos y estos
sólo pudieron tomar el pueblo cuando se anuló al grupo carlista instalado en la
cueva.
Hay varias versiones de cómo se logró. Para unos fue el
guerrillero liberal Juan Ruiz Gutiérrez, alias "Cobanes", quien,
arrojando paja, luego incendiada, les obligó a salir de la cueva. Otra opinión
es que fue cañoneada durante siete horas. Finalmente se apunta, y posiblemente
se ensayaron los tres procedimientos, que se utilizaron cohetes de guerra o
incendiarios, llamados la "Congrève", en honor al coronel artillero
que los inventó, los cuales llevaban en la cabeza un cartucho o proyectil que
obligó a los 27 carlistas a salir de la cueva.
Ramales se conquistó pero quedó destruido por los atacantes
y por los propios carlistas en su retirada a Guardamino, que posteriormente
capitularía en extrañas circunstancias como ya se ha dicho. Rendidos los
carlistas, el general Espartero arengó a sus fuerzas con estas palabras que
figuran en la orden del día 13 de mayo:
“El enemigo no quiso aceptar vuestro reto para una batalla general.
Encasillados en sus formidables posiciones, allí quería que se estrellase
vuestro arrojo. Allí os conduje. Allí vencimos. Allí completamos su ignominia”.
De la dureza de los combates, llevados a cabo por ambas
partes con valor y tenacidad, da idea el hecho de que las bajas llegaron casi a
2.000, repartidas equitativamente entre los dos bandos.
El pueblo quedó en ruinas y hubo que reconstruir después los
puentes y las casas incendiadas, pero aquella gesta le valió llamarse, desde
entonces, Ramales de la Victoria. El general Espartero recibió de la
gobernadora el título de Duque de La Victoria por esta victoriosa batalla.
La pérdida de Ramales tuvo para los carlistas graves
consecuencias, al verse obligados a evacuar el Valle de Carranza, perder la
fundición de cañones de Guriezo y tener que abandonar las posibilidades de
operar en tierras de Cantabria y, a través de ellas, poder invadir Asturias y
llevar la guerra a Galicia.
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